EL PUEBLO DE LOS HOMBRES BELLOS

Me despedí de los bibliotecarios mientras me enrollaba la bufanda alrededor del cuello. Patxi me seguía obediente y en silencio, cargando su mochila en un solo hombro. En la calle anochecía ya y hacía frío. De mi boca salió un denso vaho, como si estuviera fumando.

—¡Qué frío hace, joder! —exclamé frotándome las manos, parado frente a las puertas de la biblioteca. Giré sobre mis caderas y miré a Patxi. El chico me observó tímido—. ¿Vamos? —pregunté. Él asintió sin decir nada, con una carita de niño bueno que se me calló todo. Ese chaval era guapísimo—. No vivo lejos. Allí enfrente. Señalé la amplia avenida, en dirección a mi edificio. Caminamos no muy rápido. Patxi continuaba manteniéndose un poco por detrás, con un mutismo que me hacía daño en los oídos. Tendría que romper yo el hielo. —¿Así que ya sabías quién era? —pregunté.

—Eh… Sí, claro. Te he visto por el pueblo. Bueno. Y a veces me junto con tu hermano —respondió.

—Ah. Muy bien —acepté, bajando el ritmo de mis pasos y poniéndome a su altura—. Cuando mi padre me ha llamado para decirme quién eras me acordaba de tu padre, pero no de quién eras tú. Luego cuando te he visto ya te he reconocido. Te he visto en la piscina con tus amigos —dije—. Y este año ibas de paje en la cabalgata de Reyes con tus colegas, el chico morenito del pelo rizado y el que es medio gitano —comenté. Al hacerlo mi polla sufrió un estremecimiento al recordar a los otros dos chavales. No sabía que les daban de comer a esos niños, pero estaban volviéndose en unos buenos machos.

—Sí. Iba con el Ernesto y con el Piga —me explicó.

—Ya os he visto alguna que otra vez haciendo el gamba en la piscina —observé divertido. Patxi sonrió.

Era guapo. Tremendamente guapo. Todavía tenía cara aniñada, con aquel pelito negro algo largo, cortado a capas y desfilado como el de los modelos de ropa juvenil, con su estilo algo surfero y aquella oscura sombra de barba que me pareció precoz para sus dieciocho recién cumplidos.

Habíamos llegado a mi portal, abrí la puerta y subimos las escaleras. Entramos en silencio después de limpiarnos los zapatos en el felpudo. Fui directo a la cocina y le indiqué a Patxi que entrara al salón. Tarde nada, quizás un minuto, pues estaba bajando la persiana de la cocina. Al llegar al salón me di cuenta de que había olvidado algo, lo que me puso en una tesitura bastante incómoda.

La cara de Patxi era un poema. La manta con la que solía taparme en invierno, cuando me tumbaba en el sofá, estaba hecha un gurruño en un lado y, sobre la mesita baja de cristal, yacía abierta una revista porno en donde dos tíos le daban polla a otro. Esto acompañado de mis calcetines sucios, pañuelos de papel llenos de corrida, pues me había limpiado con ellos, y la carátula de la película casera que me había regalado mi amigo Alfonso (ver relatos "Sexo internacional"), la cual había grabado el cabrón a partir de sus polvos en los primeros meses de su estancia erasmus.

—¡Vaya! —exclamé queriendo que me tragara la tierra— Eh… —carraspeé rascándome el cogote. El chico me miraba contrariado—. Lo siento —fui corriendo a recoger el desaguisado—. Ya sabes, anoche me sentía un poco solo y… —me excusé estúpidamente.

Al momento tenía todo recogido.

—No te preocupes —soltó el chico con cierta pesadumbre—. Lo entiendo —respondió—. Bueno, que aunque mis amigos no… pero que yo si… Vamos, que yo soy tolerante con estas cosas y que no me molesta que tú…

—Sí, lo sé —sonreí con las mejillas ardiendo de vergüenza.

Abrí el armario del salón en donde tenía guardada la revista junto a las otras y coloqué el DVD en su correspondiente estantería, en donde acaudalaba mi buena colección de porno. Después tiré los papeles al baño y regresé al salón ya sin mi abrigo.

—Siéntate —dije a Patxi señalándole el sofá. El chico todavía estaba turbado—. ¿Te apetece tomar algo? ¿Un refresco?

—Sí. Esto estaría bien, gracias.

—Venga, pues saca tus libros y nos ponemos.

Fui a la cocina y cogí un par de refrescos y un par de vasos. Volví al salón y me senté en el sofá a una distancia prudente del muchacho. No quería agobiarle.

—Aquí tienes —le ofrecí.

Mientras abría la lata y vertía su contenido en el vaso de cristal, me miró.

—Esto… Yo no sabía que tú… Vamos, que nunca me hubiese imaginado que fueras… —habló con voz temblorosa y sin terminar la frase—. Mi padre no me había dicho nada. Bueno. Es que en el pueblo nadie lo sospecha y ya sabes que aquí todo el mundo habla. —Esbocé una amplia sonrisa, pero no dije nada—. Porque de tu amigo Alfonso si que se dice que hace tal y cual, pero de ti…

—Ya entiendo —asentí con la cabeza—. Es mi vida privada, como comprenderás, y no suelo hablar de ella con la gente del pueblo, las marujas y los que están deseosos de cotilleos. Creo que es obvio que a nadie le importa con quién me acueste o si me como un coño o una polla. ¿Qué conseguiría? ¿Que me cojan los cuatro nazis que hay y me partan las piernas? —El chico palideció y tosió un poco al oírme hablar con tanta indignación Se le había atragantado un sorbo que le había dado a la bebida. —Y no tengo nada contra ti ni contra tus amigos, Patxi. Aunque idolatrando como idolatráis a los de la peña de Casa Villa supongo que os encantará matar negros y homosexuales. Pero me la sopla bastante, entiendes. Si tienes algún problema con lo que has visto al entrar, ahí tienes la puerta para que te largues y así poder contarle a medio pueblo mis preferencias.

—No. Yo no… —dijo Patxi intimidado—. Si a mí me da igual, de verdad.

—Ya, Patxi. Pero es que a mí me da igual si te parece bien, mal o te es indiferente. Sólo digo que si estás incómodo no tienes que pasar por este trance. No sé que idea te has podido hacer de mí o la que tendrán tus amigotes. Me trae sin cuidado.

—No quería ofenderte, de verdad. Me parece guay. No me importa. Si yo sólo he venido a que me expliques inglés —terminó de explicar con un tono desvalido.

¡Dios, qué capullo soy! Pero si era un chavalín encantador y yo a la defensiva, atacándole.

—Bien. Lo siento, tío. Perdóname. Estoy un poco sensible con estos temas. No sé si sabrás que hace un año, los capullos de la peña de Casa Villa cogieron a mi amigo Alfonso y, bueno… estuvo dos días hospitalizado.

—Sí, algo sé —dijo Patxi—. Lo siento. Pero yo no tengo nada que ver con ellos. Sé que mis colegas van mucho con ellos y tal, y nos habrás visto, pero eso no quiere decir que todos seamos así.

—Me alegro —sonreí—. Venga, anda —le cogí del hombro para apretárselo—, vamos a ver qué es eso que tanto te cuesta.

La tensión disminuyó en el momento en que nos pusimos a repasar la gramática. Nos pasamos más de media tarde haciendo ejercicios, copiando oraciones, mirando el vocabulario. La verdad es que el único problema que tenía Patxi era que no se aclaraba muy bien porque no le habían explicado las cosas en condiciones.

A media tarde hicimos un descanso.

—¡Hemos avanzado un montón! —se maravilló. Se le veía contento—. Eres un profesor de puta madre.

—Gracias —sonreí—. Espero que en la universidad piensen como tú.

—¿Eres profesor de Universidad? —alucinó.

—Sí. O al menos lo intento. Hace poco que entré en el departamento, pero parece que va bien la cosa.

—Flipo contigo —dijo.

—¿Te apetece un café, un té, otro refresco? —le ofrecí.

—Un café.

—Voy a la cocina a hacerlo. No tardo.

En efecto, tardé poco en preparar un café para cada uno. Al volver al salón Patxi estaba de pie y observaba mis fotos enmarcadas y mis estanterías con libros, discos y… mis películas porno.

—¿Ves algo interesante? —dije. Patxi no se había dado cuenta de mi silenciosa entrada en el salón. Se dio la vuelta y me miró algo avergonzado por su curiosidad.

—Estaba ojeando tus fotos y los libros. Bueno, y tu pedazo de colección de porno. Tienes películas de tías.

—Sí —asentí con la cabeza—. Lésbicas y heterosexuales.

—Entonces eres… ¿Bisexual? —preguntó.

—Más o menos —respondí—. ¿Ves alguna que te guste?

Patxi río y se puso un poco colorado.

—Pues esta de la orgía tiene buena pinta —sacó una carátula que reconocí al momento.

—Bueno. Si en el examen sacas al menos un seis, entonces podrás venir y te prestaré todas las que quieras —le guiñé un ojo.

—¿Y las fotos? Son de muchos sitios. Has viajado un montón, ¿no?

—Sí. Un poco —dije modesto—. Todo el mundo debería viajar más y abrir su mente.

Retiramos los libros y los cuadernos e hicimos sitio en la mesita baja de cristal que tenía frente al sofá. Nos sentamos, nos servimos azúcar y removimos los cafés, haciendo ruido con las cucharillas.

—Me mola tu casa —declaró Patxi—. Mola lo bien que te lo montas.

—Gracias —repetí.

—No sales mucho por el pueblo, ¿verdad?

—Pues no demasiado. Para salir de marcha bajamos a cualquier sitio, pero nunca nos quedamos en el pueblo. La misma gente, las mismas caras, la misma mierda.

—Sí. Eso le digo yo a mis colegas. Siempre nos quedamos aquí y yo quiero ir a sitios nuevos. Pero entre ellos y mi novia…

—¿Tienes novia? —le pregunté arqueando una ceja.

—Sí.

—Quizás la conozca. Puede que la haya visto por el pueblo.

—Es un poco malota —contestó divertido—. Pero es buena chica.

—Si está contigo me imagino que lo será —solté sin ninguna intención, pero Patxi se lo debió de tomar como un cumplido.

—¡Vaya! Gracias —me miró de forma extraña, contento—. ¿Pero por qué dices eso?

—No. No lo digo por nada —expliqué—. Es simplemente que se te ve muy buen chaval y que sería una putada que tuvieras una novia que fuese una hija de puta.

—Ah —aceptó él, dando un sorbo a su café.

Le guiñé un ojo, le di unas tobitas en la nuca y le sonreí. Después me acabé el café y le dije que continuáramos estudiando. Era ya tarde cuando paramos. Miré le reloj. Casi las diez de la noche. Me levanté, me estiré para desentumecer los músculos y Patxi me imitó desde el sofá.

—¡Y todavía me queda por estudiar! —se quejó—. ¡Puto examen!

—Lo llevas bien —le tranquilicé—. Lo que tienes esta noche es que reposar y mañana temprano te levantas, lo repasas por encima y ya.

—Sí, claro. No, esta noche estudiaré.

—Como veas —concluí—. ¿Te quedas a cenar?

—¿A cenar? —se quedó pensativo.

—Sí. Te invito a pizza. Podemos pedir una y comerla tranquilamente.

—Vale —aceptó—. Pero tengo que llamar a casa para decirlo.

—Bien —asentí. Alcancé mi móvil y se lo pasé—. Llama desde mi móvil mientras pido la pizza por el fijo. ¿Qué te apetece?

—Me da igual —dijo—. Me gustan todas las pizzas.

—Estupendo.

—Esto… —comenzó a hablar inseguro.

—Sí, dime —le animé.

—Pues me preguntaba si te importaría mucho que…

—¿Qué? —insistí.

—Pues que me preguntaba si te importaría mucho que me quedara esta noche aquí en tu casa, repasando —soltó su petición a bocajarro.

Una sensación extraña me invadió, dejándome un poco consternado. ¿Por qué quería quedarse Patxi en mi casa?

—¿Por qué quieres quedarte aquí? En tu casa también podrás estudiar, ¿no?

—Pero en casa… Es que… —titubeó—. Bueno, es igual —dejó colgar sus brazos, como desechando la idea—. Era una tontería.

—No, dime —me senté junto a él en el sofá para que se explicara.

—Pues es que en casa sé que me voy a meter en la cama y me voy a dormir y no voy a estudiar más. En cambio, aquí. Si me quedo en tu salón, pues me obligaré —explicó—. Y que se respira tranquilidad. En mi casa estaría mi madre o mi padre levantándose cada dos por tres para decirme que me acueste o no se qué y no se cuando —dijo con fastidio.

—Bueno —posé mis manos sobre la mesa baja de cristal—. Por mi no hay ningún problema. Si quieres quedarte a estudiar bienvenido eres. Pero yo me acostaré, eh… —le miré concienzudo—. Y mañana por la mañana me levanto a las siete para ir a trabajar. ¿A qué hora tienes el examen?

—A las ocho y media.

—Perfecto. Así te da tiempo a ir a casa, ducharte y repasar antes del examen.

—¿Entonces no te importa que me quede?

—Para nada. A ver que te dicen tus padres —sonreí—. Voy a pedir la pizza.

Tomé el teléfono inalámbrico y fui a la cocina para ver el papel de la pizzería que tenía pegado a la nevera con un imán. Pedí la cena y regresé al salón, en donde Patxi parecía contento, pues sus padres le habían dejado con la condición de que no me diera guerra.

—Me han dicho que a cambio pague yo la pizza —explicó.

—No hay problema.

 

Cenamos tranquilamente, viendo un tonto concurso televisivo y charlando sobre las cosas que solíamos hacer los fines de semana. Patxi me preguntaba sobre mis viajes, mis amigos y sobre una vez que, en las fiestas del pueblo, me había visto totalmente borracho, bailando encima de un inestable tablado de madera, levantándome la camiseta mientras unas amigas me echaban cubitos de hielo dentro de los calzoncillos. Al recordar aquello me hizo gracia.

—Sí. Iba muy borracho —esbocé una melancólica sonrisa.

Ese año nos habíamos juntado un montón de gente para montar la peña. Nuestro grupo de amigos, entre los que estaban David y Alfonso; el grupo de las chicas, entre las que estaba mi ex, Sofía, y mi hermana gemela, Claudia; y el grupo de Jaime, el hijo mayor de los dueños de la pensión del pueblo (ver serie La Pensión), y algunos de sus rudos colegas.

—Me gustaba mucho vuestra peña —declaró Patxi—. Yo era todavía pequeño, fue hace cuatro años ya, pero me dabais mucha envidia.

—¿Envidia?

—Sí, porque os lo pasabais muy bien y nunca teníais problemas con nadie. No acababais enzarzados en una batalla campal con los de las otras peñas, que es lo que hacía siempre el resto. Estropeaban la fiesta.

Aquel chaval era la polla. ¿Por qué se juntaría con tan malas compañías? Deberíais ver a sus amigos. Todos estaban tremendamente buenos, pero eran unos trogloditas.

Recogimos la cena y apagamos la tele. Patxi se sentó en una silla de la otra mesa, la grande, que tenía en el salón. Comenzó a estudiar mientras yo me ponía el pijama. Volví con otro en la mano para él.

—Este pijama es para ti, por si quieres quitarte esa ropa y acostarte. En ese cajón tienes sábanas limpias por si quieres sacar la cama que hay en este sofá —señalé. El chico asentía—. Bien. Pues yo me voy a la cama. Leeré un rato hasta que me entre sueño.

—Vale —sonrió él.

—No te quedes hasta muy tarde, eh. O si no mañana ya verás…

—Sí.

—Buenas noches —dije.

—Buenas noches —respondió.

 

Era de madrugada cuando me levanté molesto a causa de mi llena vejiga. Con los ojos entrecerrados fui al baño a mear. Al salir vi la luz del salón todavía encendida. Despacio, anduve hasta allí y al cruzar la puerta contemplé la cara de santo que Patxi tenía. Se había quedado dormido, recostado en el sofá, con todos los apuntes desparramados sobre la mesa baja. Me acerqué a él y le zarandeé suavemente.

—Patxi, despierta —susurré con una sonrisa enternecida en la cara.

El chico abrió los ojos confundido y resopló.

—Me he quedado dormido —dijo pesaroso, levantándose.

—Vamos a sacar la cama del sofá para que te acuestes.

—No, no. Me tumbo así y duermo bien, de verdad —habló con voz de ultratumba. Se rodeaba con sus brazos y tiritaba, castañeándole los dientes.

—¿Estás bien?

—Me he debido de quedar frío —dijo.

Me acerqué y posé una mano en su frente. Estaba ardiendo.

—Patxi, tienes fiebre.

—¡No jodas! —se asustó—. ¡Vaya una mierda! Ponerme malo ahora.

—Ven, anda —le pedí que me acompañase a mi habitación—. Vamos a ponerte el termómetro y a buscar algo para bajar la fiebre.

El chico me siguió como un perrito a través del pasillo. Entramos en la habitación, en donde tenía encendida una lamparita. Me senté en el borde de la cama y del cajón de la mesilla de noche saqué el termómetro. Patxi se sentó junto a mí, lo cogió y se lo puso en la axila.

—Voy a por el pijama que te he dejado en el salón, te lo pones mientras saco la cama del sofá y te acuestas para descansar, ¿entendido? —dije a modo de padre.

El chico me miró queriendo replicar, pero mi mirada serie y mi ceño fruncido debieron de disuadirle.

—Está bien.

Regresé con el pijama y se lo di. Después, me marché al salón para sacar la cama y dejarle solo para que se desnudara y se pusiera la ropa de dormir. Supuse que mi pijama le quedaría algo ancho. Así fue. Reapareció en el salón y me miró dudoso.

—No la hagas, de verdad. Que me acuesto ahí mismo.

—¿Pero cómo te vas a acostar en el sofá? Tienes que descansar. Ahora te buscaré una pastilla para quitarte la fiebre. Mañana tienes que hacer el examen en perfectas condiciones.

—Esto… —comenzó a hablar el chico—. No hagas la cama. Si te parece… —no sabía como decírmelo—. Bueno, pues que he visto que tu cama es bastante grande. Si nos acostamos allí no hace falta que saques esta. Si no te importa, claro —tragó saliva el chaval tras soltarlo.

—¿Dices de dormir conmigo? —repetí abriendo los ojos.

—Si tú quieres, claro. No… Yo… Bueno, que a mí no me importa que tú seas… y que… no sé… —terminó abatido.

Sonreí divertido.

—Venga. Vete a la cama —señalé el pasillo—. Mientras te buscaré algo para tomarte y te lo llevo ahora.

—¿Sí?

—Sí —respondí.

En la cocina llené un vaso de agua y en el botiquín del baño cogí ibuprofeno. Al entrar en mi cuarto Patxi había ocupado el lado derecho de la cama. Le acerqué el vaso con agua y la pastilla y le revolví el pelo mientras se lo tomaba.

—Espero que no des patadas —bromeé.

—No… yo no…

Me metí en la cama y me quedé sentado, con la espalda apoyada en el cabecero. Miré al chico y me sentí turbado.

—No te conozco de nada, Patxi. ¿Estás seguro que no quieres que saque la cama del salón? —insistí.

—Estoy bien —aseguró.

—Bien. Entonces intenta descansar —dije con intención de apagar la luz—. Buenas noches.

—Buenas noches —dijo Patxi.

—Si necesitas algo dímelo –Y sin más me di la vuelta, dándole la espalda, sólo que al rato, sin poder dormir, pensando en que aquel chico tímido se había colado en mi cama, me di la vuelta y me quedé tumbado boca arriba, mirando al techo.

No sabía muy bien cuanto tiempo había pasado cuando noté que Patxi se movía. Un segundo después sentí una leve presión en mi pecho y un aliento junto a mi oreja. Patxi había pasado su brazo sobre mis pectorales, acercando su cuerpo al mío. Podía notar su calor. Más aún cuando puso su pierna sobre la mía. Abrí los ojos en la oscuridad, pero permanecía quieto, casi rígido. ¿A qué venía aquellos? No podía ser que aquel chico…

Preocupado por la idea de Patxi estuviera ciertamente confundido, me volví y encendí la lamparilla de la mesilla de noche. El muchacho me miró confuso, molesto por la luz.

—Patxi —dije su nombre, mirándole. Él agachó la cabeza cabizbajo, avergonzado. Supongo que se sentiría mal por haber dado un paso que tampoco era tan importante. Sólo me había pasado el brazo por encima. No sabía muy bien qué decirle—. ¿Estás bien? —fue todo lo que alcancé a preguntar.

—Sí —se encogió de hombros—. Supongo que sí —añadió algo abatido.

—¿Seguro? —insistí—. Quieres decirme algo. ¿Ahí algo que te preocupe?

—No —negó él con la cabeza—. Pero pensaba que quizás tú…

—¿Quizás yo…?

—Pues… Que eres uno de esos chicos que no tienen problemas en… Bueno… en…

—Di —le animé a que se arrancara a hablar.

—Pues… —tomó aire—. He visto como tratas a tus amigos y a tu hermano. Y me gustaría que alguien me tratara así porque yo…

—¿Así? ¿Cómo? —arrugué el ceño.

—Pues tú abrazas a la gente, les tocas, les acaricias. En la piscina, en verano, te he visto jugando con tus colegas, con tus hermanos… ¡Y es genial! ¿sabes? —explotó el muchacho—. Mis amigos no son nada cariñosos, al contrario. Mi novia es una estirada que no me deja ni tocarla… —Se le veía cabreado—. Por eso pensé que tú podrías darme uno de esos abrazos que… joder, que por una puta vez en la vida me apetece que me abracen.

No pude evitar esbozar una sonrisa inundada de ternura.

—Patxi —le llamé para que me mirara. Él levantó sus interrogantes ojos para clavarlos en los míos—. Si quieres un abrazo sólo tienes que pedirlo. La gente que te quiere y tus verdaderos amigos no te lo negarán cuando lo necesites.

El chico puso una expresión escéptica, momento que aproveché para agarrarle con mis fuertes brazos y atraerle hacia mí, estrechándole con ganas, poniendo mis fibrados bíceps en tensión. El hundió su cara en mi cuello, apoyando la barbilla en mi hombro. Sin más le solté un sonoro beso en la mejilla. Patxi se separó de mí un momento y me miró confuso. Esperando a decir algo. Pero no pudo abrir su boca.

Posé mis dedos en su mejilla, en donde la sombra de barba tomaba fuerza, y le acerqué hasta mis labios. Nos unimos en beso lento e intenso. Introduje mis manos en su revuelto pelo y le sellé aún más a mi boca. De repente se separó de mí para recuperar el aliento. Su respiración estaba agitada, su pecho se elevaba arriba y abajo enloquecido. Se había puesto muy nervioso.

—Lo siento —me disculpé—. Lo siento, Patxi. Me he dejado llevar y yo no quería…

—Es igual —me cortó. Y si más agarró mi cabeza y volvió a besarme.

Esta vez le estiré en la cama, boca arriba, y yo me tumbé encima de él, con nuestras cabezas apuntando a los pies de la cama, sobre las sábanas, con nuestros pijamas. Sólo nos besábamos, no nos acariciábamos todavía. Sólo nos comíamos a besos, la boca.

Nos separábamos y nos mirábamos. Yo le quitaba su flequillo de la frente y le soltaba nuevos besos por toda la cara. Él cerraba sus párpados y los apretaba, como queriendo retener esa sensación en su memoria.

—Eres muy guapo —solté, introduciendo mi mano tímidamente bajo la sudadera del pijama. Acaricié su vientre moreno, delgado y bastante velludo para sus dieciocho años.

El chico, al oír mis palabras, soltó una carcajada.

—¿Por qué dices eso? —preguntó confuso.

—Porque es verdad. Eres guapísimo, Patxi.

El chaval me respondió besándome.

—Tú también eres… —buscó una palabras—. Eres increíble. Esto es… —se refirió al momento en el que estábamos—. Nunca había sentido algo parecido.

—Sí, pero no quiero que esto te confunda más. En ese caso prefiero que se quede aquí. No quiero ser responsable de cambiar nada de tu vida —me quité de encima de él, dando marcha atrás en mis deseos.

—No, yo… No estoy confundido —se defendió el chico—. Es sólo que tú… Quiero que me trates bien. Quiero… porque… ¡joder! —soltó frustrado, al no saber cómo hacerse entender—. Me flipa como eres. Quiero saber muchas cosas de ti y ser tu amigo y que me abraces y me… Y me cuides —finalizó, suavizando su tono de voz.

Aprovechando su silencio le miré mientras me sacaba la camiseta. Dejé que observará mi marcado y ancho pecho, con mis voluminosos pectorales. Él me observó sin entender muy bien porqué hacía aquello. Pero yo continué y me saqué el pantalón del pijama, quedando sólo con mis marcados y blancos slips. Patxi tragó saliva. Ahí me detuve.

—¿Te gusta lo que ves? —pregunté.

—Eh… Sí. Tienes un cuerpo muy… Estás cachas —dijo.

—Y si te dejase que lo tocaras e hicieras lo que te apetezca con mi cuerpo. ¿Qué harías? —quise saber hasta dónde estaba Patxi dispuesto a llegar. Sólo que calculé mal la jugada.

Al momento el chico se acercó a mí, posó la palma de su mano en uno de mis duros pectorales y lo siguiente que hizo fue besarme en el ombligo, por el cual ascendía una fina línea de rubio vello. Di un fuerte suspiro, poniéndome tenso. Patxi dio otro beso, muy cerca de la goma del slip. De repente perdí la consciencia. Mi polla se endurecía lentamente y cuando el chico beso la punta de mi nabo que ya apuntaba maneras, me creí morir.

  

 

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