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Un apretón en los huevos me hizo entender qué había que hacer. Saqué la lengua y dio un lametón allí. El tío dio un respingo, pero volvió a colocar, ahora más cerca, el agujero, metiendo prácticamente su culo en mi cara, que debió desaparecer parcialmente de la vista de los demás. Entonces le metí la lengua en su agujero, sonrosado y sin un solo pelo (no podía tenerlo, tendría mi edad, 16 años). Aunque al principio lo hice con asco, pronto me di cuenta de que aquel agujero sabía a macho joven, oscuramente salado, a excitación y a sexo, y entonces redoblé mis lametones, y el tío se estremecía cada vez que le chupaba el culo